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| Fecha de Ingreso: 26-April-2008
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![]() | To mate a Victor Jara
Por Cristián Warnken No fue el conscripto José Paredes Márquez el que mató a Víctor Jara. No. Lo maté yo y lo mataste tú, lector, porque preferiste no oír sus desgarradores gritos en el Estadio Chile, que segaron su voz cantora para siempre. Oscar Wilde, en "La balada de la cárcel de Reading", dice que no sólo el condenado a muerte por un crimen es un asesino, "porque cada uno de nosotros mata lo que ama y, sin embargo, no todos han de morir por ello". Matamos todos los que, en el silencio cómplice, ahogamos cualquier rebeldía de nuestra conciencia ante el crimen, sobre todo si éste lo comete alguien de nuestro propio bando. A Víctor Jara lo mató el suboficial de turno, que obedecía al general de turno que dependía del comandante de turno. Siempre hay y habrá alguien de turno -muchas veces por azar- para encarnar el atávico impulso asesino que espera agazapado al fondo del alma humana para filtrarse por cualquier grieta de la historia. A veces la víctima propiciatoria resulta ser de izquierda, otras veces ha sido de derecha, para el caso da lo mismo. ¿Cómo alguien pudo matar de la manera que lo mataron al hombre cuyas manos sacaron milagrosamente poesía de una guitarra panfletaria, pero dulce y profunda a la vez? Fue una orden "de arriba" -dicen-. ¿Cómo pudo pensar alguien de "arriba" que acribillando a un trovador iba a volver a reinar el orden en un país que se encaminaba al "caos"? Sí, el país se encaminaba al caos, y no todos los militantes y dirigentes de izquierda eran santas palomas. Había idealistas fanáticos, alimentados de odio y resentimiento, dispuestos a destruir al enemigo si era necesario, igual que en el otro bando. Pero Víctor Jara fue un ruiseñor urbano que supo sacar música de la periferia, y escribir uno de los más bellos poemas de amor de nuestro idioma: "Te recuerdo, Amanda,/ la calle mojada,/ corriendo a la fábrica/ donde trabajaba Manuel./ La sonrisa ancha,/ la lluvia en el pelo/ no importaba nada/ ibas a encontrarte con él /...con él, con él.../ Son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos...". ¿Quién puede ordenar matar a alguien que es capaz de crear una canción de amor así? Así mataron los jacobinos al gran poeta André Chénier en la Revolución Francesa. Así mataron a García Lorca los torvos franquistas. En el absurdo torbellino de las revoluciones y los golpes de Estado, el odio adquiere unos poderes y unos estatutos tales que, bajo las guillotinas y las bayonetas, caen muchas veces los mejores. El conscripto Paredes no mató a Víctor Jara: se mató a sí mismo, víctima de una historia -la del Chile de los 70- en la que se conjugaron errores y odios de izquierda y derecha. Porque tan causantes de la tragedia que vivimos fueron los mandos militares de entonces y una derecha que practicó un silencio cómplice ante los excesos, como también una izquierda vociferante y muchas veces irresponsable, sobreexcedida en sus incendiarios discursos. Por eso, que nadie se sienta feliz porque el conscripto Paredes va a ser sometido a proceso por el vil asesinato de Víctor Jara. Que nadie se lave las manos tan fácilmente. Que la oficialidad de turno de entonces salga a dar la cara por ese conscripto que tenía 18 años en 1973. Que muestre más valentía que la que sus jefes y líderes han demostrado hasta ahora para asumir ante el país la responsabilidad por crímenes innecesarios y abyectos como éste. Y que la izquierda -con grandeza, como la demostrada por la viuda de Jara en estos días-deje de hacerse la víctima eterna y no manipule para fines mezquinos la memoria de Víctor Jara, como el de seguir alimentando un odio sin fin. Yo, tú, todos matamos a Víctor Jara, y por eso, y para que la historia no se repita, cantemos con él ahora: "Si tuviera una campana,/ tocaría en la mañana,/ tocaría en la noche,/ por todo el país:/ ¡alerta!, el peligro/ debemos unirnos/ para defender la paz...". |
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| | #2 |
| ...:::Member Chorizo :::... Fecha de Ingreso: 16-October-2007
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![]() | Y que la izquierda -con grandeza, como la demostrada por la viuda de Jara en estos días-deje de hacerse la víctima eterna y no manipule para fines mezquinos la memoria de Víctor Jara, como el de seguir alimentando un odio sin fin. ![]()
__________________ creo que ya la encontré |
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| | #3 |
![]() ![]() ![]() ![]() ![]() Fecha de Ingreso: 13-December-2006
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| | #4 |
| Invitado
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| AWANTE VICTOR QUEDASTE INMORTALIZADO EN LA MEMORIA COLECTIVA TRIBUTO ROCK DE LAS NUEVAS GENERACIONES "MECANICA POPULAR" |
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| | #5 | |
| L@nuda Env@inadora Fecha de Ingreso: 12-December-2008 Ubicación: República independiente...entre el sol y la luna!
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__________________ Amiga personal un millón de cosas buenas... | |
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| | #6 |
| Fecha de Ingreso: 30-May-2009 Ubicación: Somewhere.
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Si, este caso se està viendo en la comisiòn de DDHH. Lo estoy siguiendo atentamente... Victor Jara, el ùnico ruiseñor que canta despuès de muerto. |
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| Invitado
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| Invitado
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| Yo no maté a Víctor Jara Por Roberto Castillo* Cristián Warnken confiesa en una columna de El Mercurio que él mató a Víctor Jara. A confesión de parte, relevo de pruebas, y a la capacha, debería ser, aunque sospecho que no se trata de una confesión en serio. Como todo vate columnista, Warnken tiene licencia poética. El problema es que no le basta con cargar solito con la culpa de su crimen. Sólo por echarle una mirada a su columna tan truculentamente titulada (un "yo acuso" al verres), a uno le llega la admonición: "Lo maté yo y lo mataste tú, lector", dice. Cuando Warnken tutea, suena a tuteada bíblica o por lo menos mística, así que de primera, uno casi agradece la confianza. Pero después de la primera impresión, a mí me dan ganas de responderle "¿me tutea usted?" Y a lo mejor porque no soy lo que él llamaría una blanca paloma, a la tuteada respondo con una puteada y acto seguido paso a defenderme. Sin hueveo. Porque la verdad es que hay pocas cosas que van quedando en pie como dignas de recuerdo en la historia pueril que hemos ido armando desde los años 70. Lo pueril no es la historia misma, sino la narrativa que se ha asentado a partir de olvidos y silencios por conveniencia. Entremedio de esos silencios de repente han aparecido sainetes en los que sale a escena algún presidente o algún general con la papada temblando, o se arman comisiones de verdad, campañas de pensamiento positivo, y una buena cantidad de "sucesivas y contrarias lealtades", para decirlo con una frase de Borges. Esta seudomemoria, rebosante de lugares comunes y arrepentimientos vacíos es lo que Warnken ejemplifica en su mea culpa. (Una mea culpa que es culpa nostra, según él, pero a eso vuelvo más tarde). La figura de Víctor Jara y su obra incandescente se habían salvado hasta ahora de la corrosión amnésica o de los manejos de imagen que han caracterizado a la eterna transición chilena. El cariño del público y la constancia leal de generaciones de artistas han mantenido el brillo de sus canciones y preservado el recuerdo de la manera en que fue asesinado. El informe de la Comisión Rettig, en su caso, sólo vino a confirmar los detalles horrendos de una historia conocida: la gente no sabía que habían sido cuarenta y cuatro los balazos, pero sí sabía de sus manos quebradas a pisotones y culatazos. Esté consciente de ello o no, Warnken intenta hacer con Víctor Jara lo que antes otros le hicieron a Allende. Primero acorralaron al presidente hasta dejarlo sin aire y sin salida, y después, cuando pasó el tiempo y vieron que no podían matar su imagen, le colgaron el epíteto de "consecuente" para poder seguir acomodando la historia, quitándole de paso el acento al contenido de su visión política, a lo más potente de su sueño igualitario y socialista. Como fue "consecuente", según este modo Reader's Digest de ver la historia, Allende tenía que morir en La Moneda en llamas. Siguiendo esta lógica retorcida y manipuladora, el presidente derrocado disparó primero -metafóricamente, claro-al ser tan excesivamente consecuente. Poco menos que atacó con su consecuencia a los Hawker-Hunters que iban pasando por encima de La Moneda y los obligó a soltar sus rockets. Lo que se subentiende de toda calificación de consecuencia, es que la gente que la asigna póstumamente posee un conocimiento íntimo de esta cualidad. Entre consecuentes nos vemos la suerte, parecen decir, y no se sonrojan. De manera análoga, Warnken destaca la calidad de la poesía de Víctor, como si fuera una revelación o un reconocimiento antes escamoteado, pero distingue su belleza del aspecto que considera "panfletario", maravillándose ingenuamente de que lo político y lo estético pudieran coexistir en las canciones del "trovador", o periférico "ruiseñor urbano", como lo llama, mostrando que no capta del todo la diferencia entre, digamos, Víctor Jara y Benjamín Mackenna. Como para justificar lo tardío de este reconocimiento, Warnken aplica con soltura y sentimentalismo el rasero con que la derecha (y muchos que nunca aceptarían ser llamados derechistas) ha interpretado la historia chilena de las últimas décadas: si no mataban unos, mataban los otros; todos consecuentes de lado y lado, al parecer. En su caricaturesco resumen de la historia del golpe, el poeta de "La Belleza de Pensar" cita el Libro Blanco del Cambio de Gobierno en Chile con la devoción que reserva para Nietzsche o para Miguel Serrano. Siendo justo, hay que reconocer que también intenta echar mano a la poesía de Oscar Wilde, sacando fuera de contexto un par de versos de ésos que aparecen en "Citas Citables". Nadie diría, al leer la columna de Warnken, que la extensa "Balada de la cárcel de Reading" de Wilde es una meditación crítica sobre la pena de muerte y no una guía para interpretar los dilemas morales de la historia de Chile. Me imagino la sonrisa burlona del escritor irlandés -preso por homosexual en la cárcel de Reading-al saberse mencionado como autoridad por un columnista-poeta germanófilo que habla, sin una pizca de salvadora ironía, sobre "el atávico impulso asesino que espera agazapado al fondo del alma humana". Repito, para no seguir, que yo no maté a Víctor Jara. No maté a nadie, tampoco, a menos que se cuente a los que haya matado de aburrimiento. El mea culpa de Warnken se aplica a los que él denomina "los de nuestro propio bando", y tal vez por eso su nostra culpa suena tan vacuo, tan descarado, y tan tardío como las condolencias que ofrece la Cosa Nostra en las nietzcheanas novelas sentimentales de ***** Puzo, ésas donde la muerte nunca importa mucho, en el fondo, si bien sirve de excusa para escribir. *Roberto Castillo es profesor de Literatura en Haverford. |
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| | #10 |
| Moderador M@ximus ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() Fecha de Ingreso: 07-March-2007
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![]() | Que el Sr Roberto Castillo sea profesor de literatura, no quiere decir que sea dueño de la verdad y que haya retorcido lo escrito por Warnken. Es claro que sus ideas políticas lo ciegan, en ninguna parte del texto se aprecia un intento de manipular la historia, sólo pide que los verdaderos culpables den la cara y que el hilo no se corte por lo más delgado sino por lo más podrido. Hoy culpar a un menor de edad (en aquellos años) no es hacer justicia, para ello sólo basta atenerse a lo expresado por Caucotto (A quien nadie lo podrá tildar de manipular la historia o de pretender que es un germanófilo) en el dia de ayer, cuando expresó que lo que a él le interesaba era encontrar a los mandos que ordenaron la muerte de Victor Jara. El único que es realmente panfletario es el Sr. Castillo y con una prosa bastánte más pobre que la de Warnken, si hacer un mea culpa por la sociedad toda que guardó silencio le parece mal, es que no ha entendido nada. Comparar la muerte de Allende con la de Victor Jara es un insulto a la inteligencia, Allende murió por su propia mano, Victor Jara fue asesinado. Es del caso señalar que la muerte de Victor Jara no fue acto de una sola persona, los fusiles SIG y FALN de aquella época usaban cargadores de 20 tiros, si el ejecutor hubiera sido uno tendría que haber recambiado cargadores en dos oportunidades, un soldado no portaba más de 3 cargadores, lo más probable es que hubiera sido severamente reprendido por su superior, por quedarse casi sin munición hasta el final de su guardia. Victor Jara gran músico y compositor si fue panfletario, pero no por eso podemos desconocer su tremenda y potente poesía, como asi tampoco podemos desconocer a los Quilapayún con su enorme obra musical aunque discrepemos de su ideario político. Lástima Sr. Castillo que exista gente como usted que aún trata de retorcer las cosas, seguramente espera algún dividendo político.
__________________ "En campus de azur un leon rampante....." |
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